miércoles, 30 de marzo de 2011

¿Dónde se queda nuestra curiosidad?

 Hace unos días comentaba con un grupo de alumnos de 1º ESO lo interesante que sería que todos y cada uno de ellos sintiera un deseo natural por aprender y que el aula fuese un espacio vivo, lleno de iniciativas y de ganas de enfrentarse a nuevos retos.


Hace unos días comentaba con un grupo de alumnos de 1º ESO lo interesante que sería que todos y cada uno de ellos sintiera un deseo natural por aprender y que el aula fuese un espacio vivo, lleno de iniciativas y de ganas de enfrentarse a nuevos retos. Les comentaba que los bebés, desde muy pequeños, presentan un afán por aprender enorme, un absoluto interés por todo lo que  existe en su entorno, y que guiados por ese enorme interés desarrollan actividades  que  llegan a impresionar, tales como reptar  para alcanzar un objeto, voltearse para experimentar las diferentes sensaciones, tocar, chupar, ... , les decía que en ese empeño se van conociendo a ellos mismos, sus posibilidades, sus limitaciones, lo que les gusta y lo que no les gusta tanto, lo que pueden y  lo no pueden. Les comentaba,también,que a medida que van creciendo y se van enfrentando a tareas estructuradas y organizadas pierden, habitualmente, el interés por aprender, por moverse, por tomar la iniciativa, por seguir valorando qué les gusta y qué no les gusta tanto y que ... son muchos los casos en los que llegan a enfrentarse a las tareas escolares como aquello que se hace por obligación, por la exigencia de los adultos o del propio sistema. Y ... si eso es así, van perdiendo posibilidades para conocer y conocerse, para descubrir sus talentos y sus posilidades, sus limitaciones y sus riquezas. Les hacía reflexionar sobre lo magnífico que sería una escuela en la que cada nueva unidad fuera todo un espectáculo de colores para cada uno de ellos, un espectáculo al que acercarse boquiabiertos dispuestos a llenar todo un mundo de interrogantes y de deseos. Me miraban con ojos extraños, algunos esbozaban incluso una sonrisa, en el fondo no terminaban de creerse que un aula pudiese ser un espacio  lleno de curiosidad compartida, más bien al contrario, llegaban a afirmar que es un espacio en el que los libros y los profes dictan qué se aprende y .. cómo se aprende, cuándo se aprende y hasta cuánto hay que aprender.

Si la escuela fuese ese espacio vivo, lleno de alumnos motivados por aprender, curiosos por lo que ocurre en su entorno inmediato y remoto, comprometidos con la realidad cotidiana, seguramente ... muchos de nuestros alumnos, después de pasar tantos y tantos años por sus aulas, terminarían teniendo  claro el abanico de sus posibilidades y ... limitaciones. Pincha aquí y podrás seguir reflexionando.

1 comentario:

  1. Hola Guadalupe,
    Me ha gustado mucho tu entrada. A mi también me preocupa la falta de curiosidad en el aula. Es un gran reto conseguir que los alumnos se sorprendan y tengan ganas de saber más, de relacionar las cosas que ven cada día en su casa o en la calle, y relacionarlas con las cosas que están aprendiendo.
    Me guardo tu blog y en cuanto tenga un ratito veré el vídeo, para reflexionar más :)
    Un saludo!!

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